miércoles, 24 de agosto de 2011

José Bergamín y el Centenario de Góngora (II)

        En sus “Notas para unos prolegómenos a toda poética del porvenir...” Bergamín revisaba el concepto de ‘imitación’ en el arte y proponía una lectura del mismo acorde con las posturas estéticas de los primeros años del siglo XX. El arte no es ahora el espejo que puesto frente a la realidad y a la naturaleza los reproduce como objetos copiados, semejantes o parecidos. Bergamín se arriesga a aclarar el resbaladizo concepto de ‘arte’ y, lejos de entenderlo como una actividad intrascendente, lo convierte en uno de los componentes de la actividad espiritual del individuo, junto con lo filosófico y lo moral, que permite que éste alcance también la creación por medio del conocimiento. Estas son sus palabras: “...el arte, —dice la estética reciente—, es intuición, imaginación, fantasía: representación poética, y no práctica ni conceptual; porque es parte independiente en la actividad del espíritu —es una etapa de esa misma actividad [...] Pero esta tercera dimensión del conocimiento —el arte, la intuición artística o razón poética—, puede llamarse, también, ventajosamente, imitación de la naturaleza, puesto que no es creación natural, sino recreación espiritual del hombre”. Además, en la misma línea idealista de la época, llega a afirmar que “no hay construcción espiritual del hombre que no se haya expresado artísticamente”.
       Bergamín no olvida atender el debate de aquellos años en torno a la tradición y a la idea de clasicismo que irrumpía en el arte importada de Francia y que producía gran confusión. Advertía que el falso clasicismo brindaba al pensamiento poético formas y figuras de carácter lógico que violentaban su verdadera naturaleza y “razón de ser poética”, como él mismo decía. El rechazo de este clasicismo racionalista pone a Bergamín en la senda del clasicismo irracional de raíz cristiana y católica que, a su parecer, engendró las obras de los autores de nuestro Siglo de Oro. Es indudable que este texto de Bergamín alumbra buena parte de las cuestiones que sus compañeros de promoción literaria se planteaban, actualizándolas, con el fin de dejar atrás las tormentas orteguianas surgidas de las discusiones sobre el arte. Quizás, Bergamín  fue en sus apreciaciones bastante más certero que Ortega y Gasset, que habló de “intrascendencia” y “deshumanización”, aunque demasiado personal para provocar una reacción entusiasta claramente explícita. Por otro lado, tampoco tenía la talla intelectual del maestro ni podía desplegar todavía ninguna empresa editorial propia.
       El compromiso de José Bergamín con sus compañeros en la celebración del tercer centenario de Góngora no nubló la postura que mantenía desde hacía algún tiempo, como ya vimos, frente a la permanencia y la atemporalidad del arte verdaderamente poético, nacido de la intuición. En un texto anterior a sus “Notas para unos prolegómenos...”, titulado con el verso del maestro cordobés “Patos del aguachirle castellana (1627- 1927)”, reivindica la plena actualidad del poeta y su vigencia a través de tres siglos de literatura:

Toda obra poética verdadera —realizada— es actual siempre —esto se quiere decir cuando se dice que es inmortal o eterna—. De la actualidad, —o actuación poética— de Góngora, da testimonio, durante tres siglos, como ahora, su presencia, su permanencia; suscitando siempre entusiasmos y hostilidades.

       No seríamos muy atrevidos si apuntáramos que la participación de Bergamín en los actos del centenario tenía para él un valor más bien circunstancial y anecdótico, el mismo que le confería la intención de resucitar a un poeta que nunca estuvo muerto, pues Góngora no existe después de 1927 ni había dejado de existir antes. El centenario simplemente nos recordaba al poeta que había sido muchas veces denostado “como hereje del dogma literario españolísimo de lo feo”.
       Bergamín defiende la figura de Góngora más allá de celebraciones y de intrigas literarias, y señala que el poeta cordobés no ha sido tomado como paladín de ninguna cruzada poética, tal y como algunos podrían entender, sino como representante de una estética de la belleza de que adolecían las letras españolas por ese entonces: “El arte poético de Góngora vale hoy, para los nuevos, porque es arte y porque es poético; nada más; otros paralelismos no existen; si no es el de la verdadera intención estética que anima, como a Góngora, a los poetas del nuevo renacimiento lírico”. Además, contrapone su obra a la construida bajo la moda imperante del arte ‘deshumanizado’, lo que la sitúa en el tiempo fuera de cualquier ‘cliché’ de época: “Pero Góngora existe y eso es todo: como Petrarca, Dante, Goethe o Baudelaire; sin engaño ni trampa alguna de cocina, que no fue, jamás, la poesía; excepcional, no monstruoso; y humano, demasiado humano; fuera, más allá —o más acá—, de ataques o defensas conmemorativas”.
       De todos los homenajes que tributaron a Góngora las publicaciones literarias y culturales de la época, es el de Litoral el más destacado siempre por la crítica, ya que dicha revista se convirtió en la primera nómina activa y en el órgano de expresión del grupo de jóvenes poetas que se reunieron allí, en una publicación propia, después de haberse integrado entre los intelectuales y escritores de aquellos años a través de la Revista de Occidente. En el número de homenaje de esta revista de formato elegante y sobrio se publicó, por sorpresa para su autor, la “Décima” de José Bergamín. Este poema vio la luz gracias a la maña de Rafael Alberti, que se hizo con él y lo dio a la revista sin consultarlo con Bergamín, probablemente porque sabía que éste estaba arrepentido de haber intentado labores de poesía sin obtener los resultados que ansiaba y no querría por ello verlo publicado. Con esta “Décima” y el “Soneto hermético” pretendía contribuir a la fiebre por Góngora, pero consideró que había fracasado en la hazaña con sus “ejercicios furtivos y ocasionales”. No volverá a medirse con los versos hasta que alcanza la clarividencia de la senectud.
       Otras revistas cercanas al grupo del 27 que rindieron pleitesía al poeta de la belleza fueron Carmen y Verso y Prosa. En la primera colaboró Bergamín con unos aforismos titulados “Carmen: enigma y soledad” que inciden nuevamente en su concepción del arte y de la poesía; en la segunda, con el texto ya citado “Patos del aguachirle castellana (1627- 1927)”. También en la abanderada de las nuevas corrientes del arte moderno, La Gaceta Literaria, se prestó atención a don Luis de Góngora con un número enteramente dedicado al poeta. Allí publicaría Bergamín su significativo artículo “El idealismo andaluz”, del que tendremos la oportunidad de hablar más adelante.

José Bergamín y el Centenario de Góngora (I)

           En la “Crónica del centenario de Góngora (1627-1927)” publicada en la revista Lola de Gerardo Diego se recogen todas las anécdotas y actos públicos que generó esta celebración. El rescate de la figura del poeta cordobés se conjugó con la búsqueda de horizontes literarios en consonancia con los tiempos modernos y con la tradición de las letras españolas, a la que tímidamente se había acercado ya la generación del 98. No es nuestro objetivo describir todas las peripecias que corrieron los gongorinos, tales como el auto de fe, el “ataque despiadado” a la fachada de la Real Academia de la Lengua Española, la misa solemne por el alma de don Luis o la noche de fiesta en la finca de Sánchez Mejías, pues de todo ello se puede encontrar cumplida información en la ingente bibliografía dedicada a la “generación del 27” y en los textos de sus miembros, sino destacar las actividades que con motivo de este centenario acometió José Bergamín y, que más directamente reflejan las circunstancias del panorama literario de aquellos años, y aproximarnos a las relaciones que mantuvo con los jóvenes rebeldes.
       En abril de 1926 se reunían Pedro Salinas, Melchor Sánchez Almagro, Rafael Alberti y Gerardo Diego, entre otros, para dar el empujón definitivo al homenaje a Góngora. Cuando se convoca la primera asamblea gongorina acuden los escritores anteriores y se suman algunos más: Antonio Marichalar, Federico García Lorca, José Moreno Villa, José María Hinojosa, Gustavo Durán, Dámaso Alonso y, cómo no, José Bergamín. Entonces se ultimaron los proyectos conmemorativos del  centenario: ediciones, lecturas, conferencias, exposiciones... La Revista de Occidente,  que era ya la vía de expresión indiscutible de estos escritores, se comprometía a publicar las ediciones de los Romances y de las Soledades del poeta homenajeado preparadas por José María de Cossío y por Dámaso Alonso, respectivamente, y la Antología poética en honor de Góngora de Gerardo Diego. Otros proyectos editoriales no tuvieron buen fin, como los llamados entonces “Cuadernos gongorinos”, que no llegaron a editarse por completo o se publicaron con fecha posterior a 1927; o se truncaron, como ocurrió con la Antología de la poesía española desde los orígenes hasta finales del XIX.
       De los invitados a tomar parte en el centenario rehusaron Juan Ramón Jiménez, Unamuno y Valle-Inclán. Como veremos, la negativa del primero significó, por un lado, la consumación del apartamiento del poeta moguereño de sus discípulos, incluido Bergamín; por otro, la madurez de aquel grupo que reclamaba su propia originalidad, lejos de influencias engañosas, y sus propias coordenadas poéticas. Tampoco los prosistas de la generación, de acuerdo con la “Crónica...” de Gerardo Diego, se mostraron muy afines a la causa gongorina.
       En diciembre de 1927 los siete “literatos madrileños de vanguardia”, como los llamó El Sol, viajaban a Sevilla para ofrecer una serie de conferencias en el Ateneo de esta ciudad gracias a la mediación de Ignacio Sánchez Mejías. La que Bergamín leería puede considerarse como el texto del 27 más cercano a un posible manifiesto, de que careció este grupo de autores.