miércoles, 24 de agosto de 2011

José Bergamín y el Centenario de Góngora (II)

        En sus “Notas para unos prolegómenos a toda poética del porvenir...” Bergamín revisaba el concepto de ‘imitación’ en el arte y proponía una lectura del mismo acorde con las posturas estéticas de los primeros años del siglo XX. El arte no es ahora el espejo que puesto frente a la realidad y a la naturaleza los reproduce como objetos copiados, semejantes o parecidos. Bergamín se arriesga a aclarar el resbaladizo concepto de ‘arte’ y, lejos de entenderlo como una actividad intrascendente, lo convierte en uno de los componentes de la actividad espiritual del individuo, junto con lo filosófico y lo moral, que permite que éste alcance también la creación por medio del conocimiento. Estas son sus palabras: “...el arte, —dice la estética reciente—, es intuición, imaginación, fantasía: representación poética, y no práctica ni conceptual; porque es parte independiente en la actividad del espíritu —es una etapa de esa misma actividad [...] Pero esta tercera dimensión del conocimiento —el arte, la intuición artística o razón poética—, puede llamarse, también, ventajosamente, imitación de la naturaleza, puesto que no es creación natural, sino recreación espiritual del hombre”. Además, en la misma línea idealista de la época, llega a afirmar que “no hay construcción espiritual del hombre que no se haya expresado artísticamente”.
       Bergamín no olvida atender el debate de aquellos años en torno a la tradición y a la idea de clasicismo que irrumpía en el arte importada de Francia y que producía gran confusión. Advertía que el falso clasicismo brindaba al pensamiento poético formas y figuras de carácter lógico que violentaban su verdadera naturaleza y “razón de ser poética”, como él mismo decía. El rechazo de este clasicismo racionalista pone a Bergamín en la senda del clasicismo irracional de raíz cristiana y católica que, a su parecer, engendró las obras de los autores de nuestro Siglo de Oro. Es indudable que este texto de Bergamín alumbra buena parte de las cuestiones que sus compañeros de promoción literaria se planteaban, actualizándolas, con el fin de dejar atrás las tormentas orteguianas surgidas de las discusiones sobre el arte. Quizás, Bergamín  fue en sus apreciaciones bastante más certero que Ortega y Gasset, que habló de “intrascendencia” y “deshumanización”, aunque demasiado personal para provocar una reacción entusiasta claramente explícita. Por otro lado, tampoco tenía la talla intelectual del maestro ni podía desplegar todavía ninguna empresa editorial propia.
       El compromiso de José Bergamín con sus compañeros en la celebración del tercer centenario de Góngora no nubló la postura que mantenía desde hacía algún tiempo, como ya vimos, frente a la permanencia y la atemporalidad del arte verdaderamente poético, nacido de la intuición. En un texto anterior a sus “Notas para unos prolegómenos...”, titulado con el verso del maestro cordobés “Patos del aguachirle castellana (1627- 1927)”, reivindica la plena actualidad del poeta y su vigencia a través de tres siglos de literatura:

Toda obra poética verdadera —realizada— es actual siempre —esto se quiere decir cuando se dice que es inmortal o eterna—. De la actualidad, —o actuación poética— de Góngora, da testimonio, durante tres siglos, como ahora, su presencia, su permanencia; suscitando siempre entusiasmos y hostilidades.

       No seríamos muy atrevidos si apuntáramos que la participación de Bergamín en los actos del centenario tenía para él un valor más bien circunstancial y anecdótico, el mismo que le confería la intención de resucitar a un poeta que nunca estuvo muerto, pues Góngora no existe después de 1927 ni había dejado de existir antes. El centenario simplemente nos recordaba al poeta que había sido muchas veces denostado “como hereje del dogma literario españolísimo de lo feo”.
       Bergamín defiende la figura de Góngora más allá de celebraciones y de intrigas literarias, y señala que el poeta cordobés no ha sido tomado como paladín de ninguna cruzada poética, tal y como algunos podrían entender, sino como representante de una estética de la belleza de que adolecían las letras españolas por ese entonces: “El arte poético de Góngora vale hoy, para los nuevos, porque es arte y porque es poético; nada más; otros paralelismos no existen; si no es el de la verdadera intención estética que anima, como a Góngora, a los poetas del nuevo renacimiento lírico”. Además, contrapone su obra a la construida bajo la moda imperante del arte ‘deshumanizado’, lo que la sitúa en el tiempo fuera de cualquier ‘cliché’ de época: “Pero Góngora existe y eso es todo: como Petrarca, Dante, Goethe o Baudelaire; sin engaño ni trampa alguna de cocina, que no fue, jamás, la poesía; excepcional, no monstruoso; y humano, demasiado humano; fuera, más allá —o más acá—, de ataques o defensas conmemorativas”.
       De todos los homenajes que tributaron a Góngora las publicaciones literarias y culturales de la época, es el de Litoral el más destacado siempre por la crítica, ya que dicha revista se convirtió en la primera nómina activa y en el órgano de expresión del grupo de jóvenes poetas que se reunieron allí, en una publicación propia, después de haberse integrado entre los intelectuales y escritores de aquellos años a través de la Revista de Occidente. En el número de homenaje de esta revista de formato elegante y sobrio se publicó, por sorpresa para su autor, la “Décima” de José Bergamín. Este poema vio la luz gracias a la maña de Rafael Alberti, que se hizo con él y lo dio a la revista sin consultarlo con Bergamín, probablemente porque sabía que éste estaba arrepentido de haber intentado labores de poesía sin obtener los resultados que ansiaba y no querría por ello verlo publicado. Con esta “Décima” y el “Soneto hermético” pretendía contribuir a la fiebre por Góngora, pero consideró que había fracasado en la hazaña con sus “ejercicios furtivos y ocasionales”. No volverá a medirse con los versos hasta que alcanza la clarividencia de la senectud.
       Otras revistas cercanas al grupo del 27 que rindieron pleitesía al poeta de la belleza fueron Carmen y Verso y Prosa. En la primera colaboró Bergamín con unos aforismos titulados “Carmen: enigma y soledad” que inciden nuevamente en su concepción del arte y de la poesía; en la segunda, con el texto ya citado “Patos del aguachirle castellana (1627- 1927)”. También en la abanderada de las nuevas corrientes del arte moderno, La Gaceta Literaria, se prestó atención a don Luis de Góngora con un número enteramente dedicado al poeta. Allí publicaría Bergamín su significativo artículo “El idealismo andaluz”, del que tendremos la oportunidad de hablar más adelante.

José Bergamín y el Centenario de Góngora (I)

           En la “Crónica del centenario de Góngora (1627-1927)” publicada en la revista Lola de Gerardo Diego se recogen todas las anécdotas y actos públicos que generó esta celebración. El rescate de la figura del poeta cordobés se conjugó con la búsqueda de horizontes literarios en consonancia con los tiempos modernos y con la tradición de las letras españolas, a la que tímidamente se había acercado ya la generación del 98. No es nuestro objetivo describir todas las peripecias que corrieron los gongorinos, tales como el auto de fe, el “ataque despiadado” a la fachada de la Real Academia de la Lengua Española, la misa solemne por el alma de don Luis o la noche de fiesta en la finca de Sánchez Mejías, pues de todo ello se puede encontrar cumplida información en la ingente bibliografía dedicada a la “generación del 27” y en los textos de sus miembros, sino destacar las actividades que con motivo de este centenario acometió José Bergamín y, que más directamente reflejan las circunstancias del panorama literario de aquellos años, y aproximarnos a las relaciones que mantuvo con los jóvenes rebeldes.
       En abril de 1926 se reunían Pedro Salinas, Melchor Sánchez Almagro, Rafael Alberti y Gerardo Diego, entre otros, para dar el empujón definitivo al homenaje a Góngora. Cuando se convoca la primera asamblea gongorina acuden los escritores anteriores y se suman algunos más: Antonio Marichalar, Federico García Lorca, José Moreno Villa, José María Hinojosa, Gustavo Durán, Dámaso Alonso y, cómo no, José Bergamín. Entonces se ultimaron los proyectos conmemorativos del  centenario: ediciones, lecturas, conferencias, exposiciones... La Revista de Occidente,  que era ya la vía de expresión indiscutible de estos escritores, se comprometía a publicar las ediciones de los Romances y de las Soledades del poeta homenajeado preparadas por José María de Cossío y por Dámaso Alonso, respectivamente, y la Antología poética en honor de Góngora de Gerardo Diego. Otros proyectos editoriales no tuvieron buen fin, como los llamados entonces “Cuadernos gongorinos”, que no llegaron a editarse por completo o se publicaron con fecha posterior a 1927; o se truncaron, como ocurrió con la Antología de la poesía española desde los orígenes hasta finales del XIX.
       De los invitados a tomar parte en el centenario rehusaron Juan Ramón Jiménez, Unamuno y Valle-Inclán. Como veremos, la negativa del primero significó, por un lado, la consumación del apartamiento del poeta moguereño de sus discípulos, incluido Bergamín; por otro, la madurez de aquel grupo que reclamaba su propia originalidad, lejos de influencias engañosas, y sus propias coordenadas poéticas. Tampoco los prosistas de la generación, de acuerdo con la “Crónica...” de Gerardo Diego, se mostraron muy afines a la causa gongorina.
       En diciembre de 1927 los siete “literatos madrileños de vanguardia”, como los llamó El Sol, viajaban a Sevilla para ofrecer una serie de conferencias en el Ateneo de esta ciudad gracias a la mediación de Ignacio Sánchez Mejías. La que Bergamín leería puede considerarse como el texto del 27 más cercano a un posible manifiesto, de que careció este grupo de autores.

lunes, 8 de agosto de 2011

Tipos de texto según su estructura: el texto argumentativo.

       El texto argumentativo sirve al emisor para exponer sus ideas y convencer al receptor, por lo tanto tiene una intención persuasiva. Dicha intención implica que la función lingüística predominante sea la apelativa. También están presentes la función representativa, puesto que se transmite información, y en muchas ocasiones, la expresiva, que aporta mayor subjetividad.
         La argumentación presenta un carácter polémico, ya que se puede basar en la contraposición de dos o más posturas. Para defenderlas el emisor emplea argumentos que deben ser pertinentes y válidos para que no sean fácilmente rebatidos.
        Normalmente los textos argumentativos tiene una estructura básica organizada en:
  • Tesis: es la postura que adopta el autor/emisor ante una idea principal o tema sobre el que se vertebra el texto.
  • Cuerpo de la argumentación: es la parte del texto constituida por el conjunto de argumentos, datos, ejemplos y pruebas que apoyan la tesis.
  • Conclusión: resume las ideas planteadas y propone una posible solución o reafirma la postura del emisor.
        Para defender su tesis, el emisor emplea diferentes tipos de argumentos:
  • Ejemplificativos: verifican una tesis mostrando un caso concreto y real.
  • Lógicos: se basan en los principios de razonamiento lógico, como puede ser el de causa-efecto o el de acto-finalidad.
  • De autoridad: se apoyan en las tesis de conocidos expertos en la materia mediante citas directas o indirectas.
  • Experienciales: el emisor puede utilizar argumentos que están basados en hechos personales que, aunque no aporten objetividad, son muy efectivos para persuadir al receptor.
  • De sentido común: también se llaman argumentos de "sentir general". Consiste en el uso de refranes o máximas de carácter popular utilizados como verdades indiscutibles.
  • De refutación: se trata de objeciones a los argumentos contrarios. También se denominan contraargumnetos.
  • Falacias: son argumentos erróneos inventados por el emisor de forma voluntaria con la intención de persuadir al receptor.
        En el siguiente texto, el emisor Pedro Salinas utiliza distintos argumentos para apoyar su tesis en defensa del lenguaje. Emplea un argumento de autoridad citando al lingüista francés Vendryes,un argumento basado en la experiencia propia y otro basado en el sentido común.
        Es el pueblo el que ha dicho: "Habla como un libro". Frase que evidencia cómo el habla popular admira y envidia al habla literaria, cómo las dos se necesitan; y es que según Vendryes ha dicho: "En la actividad ling¨´istica de un hombre civilizado normal están en juego todas las formas del lenguaje a la vez". Y yo, por mi parte, no sé a veces distinguir si una frase feliz que está en mi memoria la aprendí de unos labios, en palabra dicha, o de un libro, de la palabra impresa. Sería insenatez oponer las dos formas del habla; y toda educación como es debido debe ponerse como finalidad una integración profunda del lenguaje hablado y el escrito.
Pedro Salinas, Defensa del lenguaje, Alianza.
  1. Argumento de sentido común.
  2. Argumento de autoridad.
  3. Argumento experiencial.
        El lenguaje característico de la argumentación viene definido por la intención del emisor. Sus rasgos más destacados son los que siguen:
  • Rasgos léxicos: se emplea un lenguaje con valor connotativo; es abundante el uso  de adjetivos y adverbios valorativos (eficazmente, magistralmente); también el uso de verbos declarativos es muy característico (juzgar, opinar, criticar).
  • Rasgos morfosintácticos: se destaca el uso de la primera persona del plural para implicar al receptor (como vemos); el predominio de oraciones impersonales (Nunca es tarde...) y pasivas reflejas (Se piensa...); el uso de oraciones extensas, sobre todo subordinadas causales, condicionales y consecutivas; y el predominio de oraciones interrogativas retóricas (Sinceramente, ¿creen que  no es necesario un cambio de actitud?).
  • Rasgos textuales: es significativo el empleo de marcadores y conectores que articulan el discurso y proporcionan cohesión al texto (porque, está claro que, sin embargo) y de elementos deícticos (La tasa debería ser menor, ésta se revisara en la próxima reunión).
        En este fragmento vemos algunos de los rasgos lingüísticos de la argumentación:
        Gran parte de las decisiones que tomamos todoslos días son el resultado de haber querido justificarnos a nosotros mismos como sea; lo que no quiere  decir que mintamos o que tratemos de excusarnos. Se nos repite desdepequeños que tendríamos que aprender de nuestros errores, pero ¿cómo vamos a aprender de nuestras equivocaciones si no admitimos nunca, o rara vez, que nos hemos equivocado?
Eduardo Punset, "¿Por qué no admitimos los errores?", en El país semanal, 14 de septiembre de 2008.
  1. Léxico connotativo apoyado en el empleo de la primera persona del plural y en verbos de opinión.
  2. Empleo de conectores para relacionar estructuras oracionales extensas.
  3. Oraciones extensas con predominio de interrogativas retóricas, condicionales y oraciones impersonales.

jueves, 4 de agosto de 2011

Tipos de texto según su estructura: el texto expositivo.

       El texto expositivo informa, explica, difunde conceptos o ideas de forma clara y ordenada. La finalidad de la exposición es transmitir una iformación fiable y rigurosa por lo que, en la mayoría de los casos, se mantiene un criterio objetivo y no se hacen apreciaciones valorativas. Como consecuencia de esto, la función lingüística predominante en este tipo de textos es la representativa. La estructura básica del texto expositivo es la lineal (introducción, desarrollo y conclusión), pero el autor puede también optar por la estructura deductiva o por la inductiva.
       Atendiendo a la intención del emisor, el texto expositivo puede ser:
  • Divulgativo: se dirige a un público amplio, al que quiere hacer llegar temas de actualidad, para lo que se emplea un estilo sencillo y el registro estándar de la lengua. Buen ejemplo de este tipo de textos son revistas como Muy interesante.
  • Especializado: este tipo de texto es propio de las disciplinas científicas; en este sentido, se emplea un registro riguroso y preciso caracterizado por el uso de tecnicismos. En estos casos, se prefiere la estructura deductiva. Un ejemplo de texto especializado es un tratado de medicina interna o el Código Civil.
  • Didáctico: el texto se centra en temas relacionados con el conocimiento y se presenta la información de forma sistemática y organizada. Los manuales empleados en la enseñanza tienen carácter didáctico.
       En ocasiones, la exposición puede incluir una descripción técnica. Es el caso de textos sobre disciplinas como Anatomía, Geografía o Ciencias Naturales.
      El lenguaje de la exposición está determinado por la objetividad y la precisión y se caracteriza por los siguientes rasgos lingüísticos:
  • Rasgos léxicos: el lenguaje tiende a la claridad. El léxico empleado es denotativo. Es abundante el uso de tecnicismos y neologismos como siglas, acrónimos, préstamos, cultismos...La adjetivación es específica, pues de precisar el significado del sustantivo (motor de inyección directa)
  • Rasgos morfosintácticos: encontramos verbos en tiempo presente con valor atemporal y en pretérito imperfecto. Se prefiere el uso de la tercera persona del singular o de la primera del plural o plural de modestia ("se cree", "creemos"). Destaca el uso de oraciones largas para desarrollar las ideas, sobre todo de subordinada causales y condicionales. También es característico del lenguaje de la exposición el uso de oraciones impersonlaes y pasivas reflejas ("se halló un fósil") y de oraciones compuestas coordinadas explicativas ("así que...")
  • Rasgos textuales: se utilizan marcadores y conectores que contribuyen a la concatenación lógica de los enunciados (por otra parte, sin embargo...) Se recurre a los ejemplos, las definiciones, las aclaraciones y las citas de autoridad para garantizar la comprensión. 
       El siguiente fragmento expositivo pertenece a un manual sobre historia y se basa en una descripción técnica:

       Los primeros objetos griegos llegaron a las costas meridionales peninsulares cuando los fenicios ya habían establecido sus primeros asentamientos en la costa andaluza. La pieza más antigua de cerámica griega hallada en la Península Ibérica procede de la Huelva tartésica. Se trata de un fragmento poco llamativo de una píxide ática de la primera mitad del siglo VIII a.C., que pudo llegar hasta ese lugar lejano siguiendo algún camino peculiar en el que se enlazaron las redes comerciales de fenicios y griegos, estos especialmente de Eubea. Imaginemos la posibilidad, como sugiere J.N. Coldstream, de que la pieza hubiera sido adquirida en Atenas por un comerciante euboico y transportada en su equipaje.

VV.AA: Protohistoria de la Península Ibérica, Ariel.
  1. Procede: uso de la tercera persona del presente de indicativo que aporta un punto de vista objetivo.
  2. Se trata de un fragmento...: descripción técnica, objetiva y precisa apoyada en el uso de tecnicismos, como "píxide ática".
  3. Imaginemos: uso del plural de modestia para atraer al receptor.
  4. Como sugiere...: empleo de citas de autoridad que sirven para verificar la información.

martes, 2 de agosto de 2011

José Bergamín y sus "maestros". José Ortega y Gasset.


       Con José Ortega y Gasset tuvo Bergamín una relación fructífera, pero algo tardía, marcada también por momentos de disconformidad del inquieto escritor con el filósofo, lo que no fue obstáculo para que hubiera entre ambos un trato cordial y para que Bergamín lo reconociera, con el tiempo, como maestro. Debemos destacar esta circunstancia, ya que el pensador madrileño aglutinó a todas las jóvenes promesas del mundo intelectual en la Revista de Occidente, con la brillante excepción de José Bergamín. Él se encontraba en el grupo de escritores que Juan Ramón recomendó a Ortega cuando éste le pidió orientación acerca de los jóvenes que podrían colaborar en la revista que estaba gestando; sin embargo, se negó siempre a participar en la publicación de Ortega en una actitud que Nigel Dennis califica de “terca”, pues él mismo se automarginaba y se privaba de una de las salidas más seguras y prestigiosas para sus escritos. Esta postura de Bergamín dejaría en la sombra por mucho tiempo su condición de ser uno de los más prometedores prosistas de su época y, en la crítica, ha producido alguna que otra confusión, puesto que muchos no han resistido la tentación de situar a Bergamín entre los colaboradores de esta revista. Pero su firma sólo aparece allí en una ocasión, cuando se recogen los resultados de una encuesta en torno a Mallarmé (“El silencio por Mallarmé- Encuesta sin trascendencia” se publicó en el número 5 de noviembre de 1923). Bergamín consideró que sus reflexiones sobre el tema fueron publicadas por un “error administrativo”, debido a la amabilidad de Alfonso Reyes, que estaba encargado de la encuesta.
       En julio de 1923 salió el primer número de la Revista de Occidente. Bergamín estaba estrechamente unido por aquellos días a Miguel de Unamuno y a Juan Ramón Jiménez; al primero había pedido su colaboración para los Lunes del Imparcial, como ya hemos expuesto, y además encarnaba para él al hombre entero frente a las adversidades, comprometido con su tiempo y que practicaba la escritura como medio de “inquirir verdad”; el segundo era el representante de lo que él llamó una “aristocracia popular”, diferenciada claramente del pensamiento de Ortega y cercana, según Sanz Barajas, a dos corrientes de pensamiento de la época, una neopopularista y afrancesada interesada en recuperar la lírica tradicional y otra de carácter germanista, elitista y pseudo vanguardista. A esto debemos añadir que Ortega y Gasset se encontraba entre los intelectuales que acataron la dictadura de Primo de Rivera después del golpe de Estado de septiembre de este mismo año.
       Así, cuando Juan Ramón manifiesta a Bergamín las dudas que tiene sobre la marcha de la Revista de Occidente, que en un principio le había entusiasmado, no hace más que reforzar la decisión de su discípulo de no entrar en ella. El poeta le escribía en una carta del 9 de septiembre de 1923:

       Ya le diré a usted lo de la dudosa, pesada y lijera Revista de Occidente [...]. Por lo que hasta ahora va siendo la revista, me parece que Ortega se equivoca —o que lo quiere hacer mal—. Fracaso le vendrá tarde o temprano: depende de la ‘resistencia’, de lo que él, sin duda, piensa que le va a dar el ‘éxito’. Ortega tiene todavía un público difícil, que sigue esperando de él lo mejor, y que respondería a su más alto esfuerzo; y él, inconstante, se echa en busca de ese público corriente de lo que él mismo cree desdeñar: la novelita, la divulgación científica, el ameneo periodístico de la moda, o peor del snobismo, y del ‘amor’. Este tipo de revista, fácil, que existe, y debe existir, en todas partes, no es Ortega quien la debe —ni la puede— hacer.


       En enero de 1924, Bergamín publica en España un artículo donde cuestiona el concepto orteguiano de “deshumanización del arte” en relación con el teatro, y condena la estrechez de miras del filósofo, incapaz, a su entender, de ver arte moderno más allá de los tiempos que vive (“moderno para Ortega es desde Debussy (¿)” ). Bergamín vuelve a insistir en la necesidad de un arte popular y atemporal (“El teatro es popular o no es teatro, es otra cosa distinta —que puede ser literatura, mejor o peor, escenografía, música..., etc, para delectación de ‘minorías selectas’— “), lo que conlleva ciertas implicaciones políticas, y puntualiza que Ortega ha planteado una discusión sobre arte y literatura desde un punto de vista equivocado, el de la sociología. En esta cruzada contra la polémica “deshumanización” Bergamín se alía con Unamuno; en las primeras líneas de su artículo podemos leer:


       Bajo el epígrafe, poco explicado todavía, de “La deshumanización del Arte”, ha iniciado Ortega y Gasset una especie de campaña, entre literaria y política, para convencernos de que el arte moderno no solamente es impopular sino que es antipopular, enemigo de todos y dedicado exclusivamente a unos pocos. Estos pocos, esta minoría selecta —que Unamuno ha calificado graciosamente de los ‘selegidos’— sería la única capaz de entender a los artistas actuales, buenos o malos, tributándoles su admiración o desdeñándolos silenciosamente, porque, según Ortega, la protesta indigna de algunos ante una obra de arte (¿moderna sólo?) quiere decir incomprensión, vulgar incomprensión que les hace reaccionar en contra de un modo violento.


       José Bergamín había intuido que las ideas de Ortega eran un arma de doble filo, pues si bien intentaba explicar los fenómenos artísticos de la época, también habían creado la falacia, todavía existente, de que el rechazo del público “no minoritario” hacia una obra de arte, sólo obedece a la ignorancia de éste y a su estatus social. La suposición de que sea una minoría selecta la única que reconoce el valor del arte limita considerablemente el alcance del mismo y proscribe la posibilidad de que se “comprometa” con una mayoría.
       Cuando Miguel de Unamuno recibe la noticia del destierro en febrero de 1924, Bergamín vuelve a cargar sus baterías contra Ortega por su pasividad ante la situación del escritor vasco. Con una serie de aforismos reprueba la actitud del filósofo, sumisa ante el dictador, en claro contraste con la valentía de Unamuno:

Unamuno, para pensar, se sale fuera de sí; Ortega y Gasset, para no pensar, se mete dentro.
El cabizbajo no está pensativo, está ensimismado.
Unamuno, el pensativo.
Ortega, el ensimismado.

       En Los filólogos también habrá un lugar para Ortega y Gasset, que bajo un aspecto cómico por su vestimenta a la moda, aparece como el “cazador cazado”. Su intervención revela el prestigio indiscutible que gozaba Ortega; pero además, Bergamín hace hincapié en la vacuidad de sus discursos cuando le cede la palabra y se burla de su elocuencia:

       —Digo que quiero ser amigo vuestro. Antes lo fueron los centauros; y yo soy, como ellos, un cazador. Me llaman filósofo, maestro, sabio, orador —pero ¿qué me importa?—. Yo siento en mí el impulso infrahumano, poderoso, el empuje de una misteriosa savia que me crea. Rasgad la corteza de una encina con vuestra pezuña vibrante, y sentiréis a su contacto un palpitar de corazón...


       Bergamín en modo alguno desprecia la figura de Ortega ni cuestiona su importancia y su influencia entre los intelectuales de la época. Lo que desdeña es acaso la artificiosidad y la impureza de sus palabras, tan apartadas del cuerpo natural del lenguaje y de su asombrosa flexibilidad para la creación verbal. Si los académicos lo examinaban en exceso destruyendo sus posibilidades creativas, Ortega es un orador hiperbólico; por eso, en la comedia el mismo maestro Menéndez Pidal lo expulsa del Centro diciéndole: “¡Basta, Ortega, basta! No sigas manchando nuestros oídos con la impureza de tus palabras. No escandalices de ese modo nuestra bienaventurada inocencia. ¡Apártate, quítate de nuestra vista, y no vuelvas más a perturbar!”.
       Sin embargo, hacia fines de la década de los años 20, el desmoronamiento de la íntima relación que mantenía José Bergamín con Juan Ramón y su creciente republicanismo lo acercan a Ortega y Gasset. Empieza a entender la importancia de sus iniciativas en el nuevo panorama político de la década que se aproxima y, como ha indicado Nigel Dennis, es este Ortega atento a esa realidad el que atraerá las simpatías de Bergamín. No olvidemos que una de las propuestas reformadoras de Ortega fue la fundación en 1930 de la “Agrupación al Servicio de la República” junto a Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala. Otros intelectuales compartirían las posturas políticas de esta agrupación, como Antonio Machado.
       Estando así las cosas, Ortega y Gasset llega a ser una de las personas que de una u otra forma prestaron su ayuda y contribuyeron en la concepción de Cruz y Raya, revista que para algunos quería hacer la competencia a la Revista de Occidente. La actitud colaboradora del director de la segunda y los consejos y estímulos que Bergamín recibió del mismo desmienten esta consideración:

       El primero a quien pedí consejo y apoyo, fue a José Ortega y Gasset, que dirigía su Revista de Occidente. Y lo encontré tan generoso que me añadió su propia colaboración personal para uno de los primeros números, colaboración extraordinariamente significativa, por serlo suya y por el contenido del texto elegido por él para dármelo. Otros detalles de su apoyo a Cruz y Raya podría contar, que lo fueron hasta en lo más significante y administrativo. Recuerdo una larga conversación que tuvimos en Santander, donde daba un cursillo de verano en la Universidad de la Magdalena, que entonces dirigía Pedro Salinas, mi inolvidable amigo [...]. Y fue Ortega, en aquella larga conversación, a la que Salinas asistía, el que con más entusiasmo me alentó en mi propósito, y hasta dándome argumentos favorables para convencerme cuando me veía indeciso o vacilante.


       Ya en el segundo número de Cruz y Raya, mayo de 1933, se dedicaría una sección entera al filósofo, siendo éste el único homenaje a una figura del mundo cultural contemporáneo que se acometió en la revista. En octubre de ese mismo año, se publica la estimada colaboración de Ortega, el artículo “La verdad como consecuencia del hombre consigo mismo”. Este hecho deja fuera de toda duda que Bergamín no era para él ningún rival; en todo caso, fue el joven rebelde que se resistió a la atracción que suscitaba entre los jóvenes intelectuales.
       En los años de la República Ortega vuelve a ser causa de disgusto para Bergamín, pues falta a la palabra que le ha dado de no hacer declaraciones injuriosas al Frente Popular a cambio de un salvoconducto que le solicitó para desplazarse a Londres.
       Ya en el exilio americano, el filósofo se convertirá de nuevo en el blanco de los ataques bergaminianos contra los que se mantienen indiferentes ante las miserias y la tiranía reinantes en España, sin perder ninguna oportunidad para huir de ellas. En 1940 lo describe como un hombre “ensimismado” (encerrado en sí mismo), que escapa al compromiso social y político cada vez que regala sus palabras fuera de su país, en un artículo que titula, con gran sarcasmo, con unas del mismo filósofo pronunciadas en Buenos Aires en 1939: “Las cenizas de una voz”, a las que añade “Parábola de Narciso periclitante, la diablesa bestezuela, el crustáceo, la cacatúa, el oso maltés y la higuera o el Profesor Inalterable”. El trabajo en cuestión se cierra de esta manera:

      Y así busca amparo filosófico, consolación y calma, en el país que le parece, por menos alterado, más propicio al salvador ensimismamiento. Y a este país ofrece, hablando en plata, aquellas cenizas de su voz para que con cuidado exquisito las recoja y las guarde. Pues sería estúpido, inhumano, cruel, lamentable, que pudieran perderse para siempre, aventadas.

       Hacia los últimos años de su vida Bergamín recupera el pensamiento de José Ortega y Gasset cuando reflexiona sobre los tiempos que corren por su país. Una vez más dejaba constancia del lugar tan significativo que, pese a todo, siempre ocuparon los “maestros”.